lunes, 1 de octubre de 2018

Visiones del 68


En este año que ya declina se conmemora el 50 aniversario de las revueltas del 68 –el Mayo francés, la Primavera de Praga, el Movimiento de México, las revueltas de Berkeley, entre otras–, sin que la redondez del aniversario haya generado grandes actos de recuerdo, de nostalgia o de estudio. Ha habido, sí, algunos artículos en prensa, algún reportaje en las televisiones, pero más allá de los círculos militantes revolucionarios, y aún aquí tampoco se han explayado, no se puede decir que haya habido mucho recuerdo de lo que ocurrió aquel mítico año, más bien ha pasado sin pena ni gloria.

Tal vez este pasar de puntillas por la fecha tenga que ver con una sensación de desmoralización, de derrota. La clase obrera ha dejado de tener esa centralidad de la acción política que tuvo entonces, ni siquiera se puede hablar hoy en Europa y Estados Unidos de una clase obrera homogénea, y mucho menos consciente de sí misma, combativa o reivindicativa. Se ha impuesto una mentalidad de clase media, una cultura consumista, en grado sumo individualista, en un momento además en que el modelo capitalista ha penetrado cualquier ámbito de la vida, lo ha privatizado todo, ha convertido todas las esferas de la vida en mero negocio.

Veinte años después del 68 comenzó, además, el derrumbe del bloque del Este, el desmoronamiento de la URSS y sus satélites, que aun cuando izasen la bandera del socialismo y la democracia obrera, no era más que una maquinaria de terror, unos Estados autoritarios donde sus trabajadores no controlaban nada en absoluto de la maquinaría del Estado o de la economía, ni siquiera sus vidas las gestionaban plenamente. La Primavera de Praga, en este sentido, fue un último intento por dar un paso para construir un socialismo acorde con sus ideales, un intento que fue aplastado por los tanques. Todo ese bloque desapareció, por sí mismo no fue malo que desapareciera, supuso para millones de personas librarse de maquinarias de opresión. Pero ahondó la sensación de derrota. China, Laos o Vietnam siguen gobernados por Partidos Comunistas, pero sus economías son por completo neoliberales: al igual que en los países capitalistas, el Estado sólo existe para garantizar la seguridad de los mercados. A su vez Cuba reforma su modelo para adaptarse a los tiempos. Queda Corea del Norte, más bien como caricatura lúdica, un régimen iocandi gratia, si no fuera por el terror que provoca vivir bajo un modelo en extremo totalitario.

Prolifera la desmoralización. Ha habido intentos de nuevas formas de hacer política progresista, intentando recuperar en parte el espíritu sesentayochista, pero pronto esa nueva política se ha aclimatado a las formas institucionales o se confronta a las tensiones de una gestión caótica porque el actual capitalismo no deja brecha alguna por donde colarse. Han tenido razón quienes planteaban que no cabían alternativas bajo la lógica del poder y los Estados, que los sistemas son irreformables con un prisma humanista y que sólo caben dos alternativas: o adaptarse al sistema, lo que supone integrarse a él, o crear núcleos al margen del sistema, núcleos en todo caso sin capacidad de expandirse porque se enfrentarían a la lógica del poder.

De ahí que no quede mucho ánimo para recordar aquel año. Ha quedado claro de momento que otro mundo no es posible. El 68 fue una experiencia maja, feliz, que aportó algunos cambios en las costumbres –tampoco es que fuese un fracaso absoluto–, pero sólo queda en eso, en una experiencia juvenil que no estuvo mal, pero que ya ni se cuenta a los nietos.

El director argentino Adolfo Aristarain logró mostrar ese desánimo por el fiasco de las alternativas en su cine. Sus personajes se resisten a asumir plenamente el fracaso de sus rebeliones pasadas, mantienen cierta fidelidad a sus principios de entonces, a no tirar por la ventana todo ese legado emancipador, pero muchas veces ni siquiera eso es posible, el sistema se impone plenamente.

En la película Un lugar en el mundo (1992) Ernesto rememora su niñez en el campo argentino con sus padres, Mario y Ana, interpretados por Federico Lupi y Cecilia Roth, que salen de Buenos Aires con la idea de crear una especie de falansterio en el campo argentino. Conocen a Hans, interpretado por José Sacristán, un ingeniero hispano alemán, adaptado al sistema, consciente de la imposibilidad de cambiar el mundo, cínico a veces y a menudo sardónico ante los intentos de fidelidad a los principios de sus nuevos amigos, aunque los respete y admire de un modo evidente.

En Lugares Comunes (2002) Federico Lupi trabaja de nuevo con Adolfo Aristarain e interpreta a Fernando Robles, un profesor de literatura con pasado revolucionario e intento de superar el desasosiego con una actitud ética digna, pero que ve como la universidad le jubila anticipadamente. Con Liliana, su esposa, interpretada por Mercedes Sampietro, visita a Carlos, su hijo, interpretado por Carlos Santamaría, que vive en Madrid, tiene un buen trabajo en España, aun cuando para ello haya abandonado su carrera de escritor, lo que provoca roces con su padre. Fernando y Ana regresan a Buenos Aires, se enfrentan a los problemas de dinero consecuencia de su nueva situación y se aventuran a sacar una hacienda en el campo.

Hay un evidente paralelismo entre ambas películas. En ambas existe la nostalgia por ese espíritu rebelde del pasado, nostalgia porque es difícil mantenerlo de un modo íntegro; en ambas el campo se convierte en el espacio un tanto idílico para reconstruir las vidas y evitar el fracaso absoluto; en ambas, los hijos no siguen las sendas de los padres, se adaptan al sistema, con mayor o menor melancolía por lo que pudo ser y no fue, tal vez con la sensación de que ellos mismos se han rendido.

También en ambas películas hay conversaciones que confrontan ese pasado esperanzador con un presente desmoralizante. La fidelidad a los ideales es una pretensión de dignificar el presente, aunque se trasluce en el fondo la imposibilidad de amoldarse a una realidad como la actual, donde no caben alternativas, a veces ni siquiera parece que se puedan mantener las más modestas pretensiones de emancipación. Tampoco quedan muchas ganas de rememorar aquellos años. Como con el 68, hay un mal sabor de boca por cómo se ha gestionado la vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario