viernes, 2 de febrero de 2018

«Sombras en una batalla»

Un hombre y una mujer coinciden en un autobús que viaja por Zamora, por la raya entre Portugal y España. La conversación entre ambos es enigmática, llena de silencios. Hace referencia al pasado, un pasado que pesa demasiado, pero del que no se habla en concreto y del que tampoco parece que puedan desprenderse ninguno de los dos. Sin saberlo, su pasado y su presente se entrecruzan, forman parte de un mismo paisaje tan desolado como el paraje en que se mueven. El pasado se puede recuperar, pregunta él de pronto, tal vez añorante. Aunque en realidad poco hay que añorar. Y desde luego ella no añora nada en absoluto, su propio pasado es hiriente, pesado, agobiante.

Pero eso lo vamos sabiendo a medida que transcurre la historia. Mario Camus nos la narra en su película Sombras en una batalla (1993). Más que narrada, vamos conociendo las circunstancias a través de los silencios, inmensos, explícitos, precisos. Son los mismos silencios que se han impuesto sobre los años a los que hace referencia la película, unos pocos lustros antes del momento del relato, los años de una transición del que se ha proyectado una versión oficial un tanto edulcorada, un relato oficial sobre una transición ejemplar que sin embargo calla demasiada violencia, demasiadas cesiones y oculta a tantas víctimas cuyos nombres van quedando en el olvido, un olvido que no sabemos si es venganza o es perdón, o ambas cosas a la vez, como indica la cita del final de la película, y que se añaden a tantos otros nombres que van quedando en el silencio cotidiano.

La película nos muestra la vida de Ana (interpretada por Carmen Maura), veterinaria en Bermillo de Sayago, pueblo zamorano cercano a la frontera con Portugal, que vive con su hija Blanca (Sonia Martín), y mantiene una confiada amistad con el otro veterinario de la comarca, Darío (Fernando Valverde). La aparición del hombre del autobús, José (Joaquim de Almeida), un portugués de vida un tanto efímera y eventual, ex militar y misterioso, va a confrontarle a Ana su propia historia de militancia y radicalidad, de compromiso y entrega, pero lleno de tinieblas, incapaz de un olvido que es lo que ella desearía.

Sin duda, por debajo de la historia oficial hay muchas historias ocultas, heroicas algunas, miserables muchas otras. Parece que la historia oficial tan ejemplarizante del momento vivido se ha impuesto a cualquier otro intento de narrar lo que hubo, y lo que hubo fue demasiados hechos que a todas luces se contradicen con el relato oficial. Pero no se habla de nada de ello, el olvido -sea como venganza o como perdón, sea como mero dejar de lado lo que de verdad ocurrió- se ha impuesto y se impone todavía hoy. Aún queda demasiado olvido, demasiadas sombras, respecto a los años de la posguerra, de la dictadura. Parece inevitable que se imponga el silencio también sobre la transición, un silencio en general que en absoluto parece roto por los intentos de situar la memoria como paso necesario para reestablecer la historia y ordenar las miles de infrahistorias que entretejen la Historia.

Aunque a decir verdad no son pocas las películas y novelas que comienzan a proyectar su mirada en los años de la transición, del mismo modo que muchas obras de ficción han tratado la posguerra. Y de toda la transición, el tema del conflicto vasco y de la violencia desatada es el que más atención recoge, como es el caso de esta película. Aunque se hace, parece ser, con cuentagotas y con sumo cuidado, como si las heridas abiertas no hubieran cicatrizado aún, como les ocurre a los personajes de la película de Mario Camus.


No obstante, el cese de la actividad armada por parte de ETA en octubre de 2011 conllevó que se empezaran a publicar bastantes novelas sobre el conflicto, sobre todo de autoría vasca. Por cierto, resulta interesante tener en cuenta que el anuncio de ese cese de la actividad armada coincidió en el tiempo con una gigantesca movilización social que parecía cuestionar los últimos cuarenta años, los del final de la dictadura, la transición y la estabilización de una democracia con tintes de supina mediocridad general, también con reclamos de memoria de lo acaecido desde la guerra civil. Siete años después no parece, pese al ruido, que haya un debate general sobre esa transición, sus efectos y su análisis, como si toda la energía del 15M se hubiera al final encauzado por los canales institucionales, o por un ruido inane, a veces delirante, que no oculta el silencio, ese mismo silencio reflejado en la película y tras el cual se halla la necesidad de entender y reordenar los elementos de un país que no parece atreverse a confrontarse con su propia realidad.

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