domingo, 10 de septiembre de 2017

Couto Mixto

Dice la leyenda que una princesa, en un frío invierno, quedó atrapada por la nieve en la sierra de Pena. Estaba embarazada y sólo la ayuda de los lugareños logró que diera a luz a su hijo y que ambos salvaran la vida. Como agradecimiento, la princesa logró para aquel lugar, Couto Mixto, una serie de privilegios y la capacidad de gobernar el enclave al margen de los dos Reinos vecinos, el de Portugal, independiente desde 1139, y el de León, en proceso de unión con Castilla, del que dependía el condado de Galicia. Tal leyenda se remonta a mediados del siglo XII y, ya fuese a través de la legendaria princesa o por otros medios, el pequeño territorio, casi 27 kilómetros cuadrados, quedó bajo la protección del castillo de Piconha, construido sobre una tierra propiedad de los duques de Bragança y cuya función era proteger las fronteras, muy difusas entonces, entre lo que serían mucho después la provincia de Orense y la región de Tras-os-Montes. Con el tiempo, también la Casa de Lemos y la Casa de Monterrei incidieron sobre ese enclave.

Puede parecer evidente, aunque no lo es tanto, visto el uso de términos actuales para momentos del pasado que busca legitimar a través de la historia reivindicaciones presentes, que no podemos utilizar conceptos de la política contemporánea para hablar de otros tiempos, al menos con un sentido actual, y así hemos de entender que el Couto Mixto fuese un territorio con privilegios y normas propias, por otro lado algo no tan extraño en un sistema feudal en el que la organización política centralizada había quedado diluida.

Ese pequeño enclave estaba constituido por tres aldeas: Santiago de Rubiás, la capital administrativa donde ejercía el juez, la máxima autoridad, Meaus, que era el núcleo económico y comercial, y Rubiás dos Mixtos, la población más grande. Cada una de las aldeas elegía a los homes de Acordo, sus representantes que se reunían en el atrio de la Iglesia de Santiago. Solían ser tres por aldea, aunque a veces fueron cinco. Se elegía en asamblea a la máxima autoridad, el Juez, para un periodo de tres años y debía ser ratificado por la Casa de Bragança. Tal figura reunía el poder legislativo y judicial, también el ejecutivo que compartía con el Vigairo do mes. Era interesante que los vecinos podían cuestionar sus decisiones cuando no estuviesen de acuerdo y con el tiempo dispusieron de la posibilidad de recurrir las mismas en los partidos judiciales portugueses o españoles, pues los habitantes del Couto Mixto podían acogerse a las leyes de ambos países.

Sin embargo, aunque pudieran acudir a las leyes de Portugal o de Castilla, más tarde de España, los habitantes del enclave estaban exentos de impuestos, el Couto Mixto pagaba una alcabala a la corona portuguesa y castellana, también a la Casa de Bragança, de un modo muy parecido al de los vizcaínos y navarros. Estaban dispensados también de prestaciones militares en los reinos vecinos. Podían conceder el derecho de asilo a quienes llegaban a su tierra y lo solicitaban.

Había un Arca de Madera que era el símbolo de lo que hoy consideraríamos la soberanía del Couto Mixto, un arca en el que se guardaban los documentos que daban título a la naturaleza jurídico del enclave. Tenía tres llaves, cada una de las cuales se guardaba en cada aldea. La de Santiago estaba en manos del Juez. Buena parte de los documentos que conservaba el Arca desaparecieron en 1809, se quemaron muchos de ellos durante la ocupación francesa.

Todo indica que el Couto Mixto hubiera podido ser un país independiente entre España y Portugal, un país de orígenes feudales si se quiere, pero al fin y al cabo buena parte de los Estados europeos se remontan en su origen a leyes feudales y tenemos a Andorra que se constituyó de un modo no muy diferente al de Couto Mixto y allí está, acudiendo incluso a las asambleas anuales de la ONU. Existe también Goust, en los Pirineos, reconocida su independencia en 1648 por Francia y España, sin que nunca se hubiera decretado su disolución como Estado, aunque nadie reclame hoy su soberanía. Todo lo cual puede inducir a considerar la existencia de los Estados como mera cuestión de suerte o de meras combinaciones aleatorias: son las que son, pero hubieran podido ser otra cosa. Se constituyen a través de fenómenos que van conformando eso que llaman las realidades nacionales y que no siempre están claras, incluso en tiempos como los actuales, tal vez porque son siempre cambiantes, nada hay estático. Son frutos en definitiva de las casualidades o a veces de nimios caprichos, casi como les ocurre a las personas que nacemos por una multitud de amalgamas y arreglos previos, aunque cabe la posibilidad de que todo esté escrito de antemano, quién puede saberlo.

En todo caso, son las zonas de frontera donde muchas veces apreciamos hasta qué punto se diluyen muchas de esas esencias de la identidad nacional, todo fluye de otro modo, como diluido por las brumas: rasgos, idioma o costumbres. Sin duda ni los propios habitantes del Couto Mixto tendrían claro con quien mantenían identidades e identificaciones. Mucho tiempo después, en 2012, Eloy Enciso realizó un documental, Arraianos, en el que plasmó en buena medida estos rasgos fronterizos tan marcados.


En 1864 España y Portugal firmaron el Tratado de Lisboa por el cual se conformaron las fronteras entre los dos países, no elucidadas del todo pues siguió danzando el conflicto de Olivenza y la reclamación de Portugal de dicha comarca. En todo caso, a raíz de dicho acuerdo, el Couto Mixto quedó anexionado a España a cambio de los pueblos promiscuos, aquellas aldeas y pueblos cuya territorialidad no estaba clara y que fueron absorbidos por Portugal en ese momento. Con ello, el Couto se incorporaría a la provincia de Orense, sus instituciones y privilegios se extinguieron sin que nadie consultara a sus habitantes, quienes en noviembre de 1868, cuando el Tratado entró en vigor, perdieron aquella excepcional situación. Delfín Modesto Brandán fue su último Juez.

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