martes, 6 de enero de 2026

Imágenes


 

El escritor Carlos Monsiváis escribió en un capítulo por él redactado de Historia general de México que «al cine van las mayorías no a divertirse, sino a aprender a ser mexicanos, no van a soñar sino a verse y a representarse un país a su imagen». No cabe ninguna duda de que con frecuencia intentamos parecernos a la imagen de nosotros mismos que creemos ver reflejados en los medios de comunicación, pero sobre todo en las películas o en las series que, con una cierta vocación costumbrista, procuran dictar, establecer o extender unos modos de vida determinados con los que la población general se identifican de un modo u otro e intentan imitar.

Sin duda hay mucho de ello en esa percepción de sí mismos como clase media que se da en amplios sectores de la población española, cada vez más. Muchos trabajadores, los beneficiarios sobre todo de convenios logrados tras años de luchas obreras y que se traducen en salarios no sólo dignos, sino elevados, en definitiva, una buena parte de la clase trabajadora en algún momento de los últimos lustros, se encuadran según las encuestas en la clase media cuando se le preguntan a qué clase pertenecen. Ya no es la manera como te ganas la vida lo que te lleva a integrarte en la clase trabajadora, en la burguesía o en otro segmento, clase media incluida, cualquier cosa que sea ésta, sino es la cuantía que percibes o cierto bienestar material del que disfrutas lo que va a determinar dicha percepción. No en vano el actual presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, socialdemócrata, usa a menudo en sus discursos la coletilla clase media trabajadora, creando un espacio en el que confluyen una parte importante del mundo del trabajo, la pequeña burguesía y el funcionariado. Y hay algo de lo anterior, decía, porque sin duda a esta percepción ha contribuido no poco ciertas películas que narran una cotidianidad exenta de conflictos sociales, pero sobre todo series que se emitieron en el cambio de siglo.

Dos destacaron en este proceso de autopercibimiento por su notable éxito: Médico de familia, que se emitió entre 1995 y 1999, y Los Serrano, en emisión entre 2003 y el 2008. En ambas series las familias respectivas habitaban en sendas urbanizaciones de viviendas adosadas, la de estos últimos incluso podía considerarse un chalet, justo cuando el país entraba en un periodo de bonanza en el que la construcción devino uno de los pilares de la economía española, sueño clasemediero que se transformó en pesadilla el mismo año en que acabó la emisión de Los Serrano, con un estallido brutal de lo que se denominó burbuja inmobiliaria.

Una película gallega refleja a la perfección aquella crisis: Los fenómenos (2014) de Alfonso Zarauza. Formidable es el diálogo que mantienen Lobo (Luis Tosar) y Neneta (Lola Dueñas) en el que ella, al reencontrarse con su excompañero tras un tiempo separados, mientras no puede pagar su hipoteca y se cierne el correspondiente desahucio, lo que ocurría a miles de familias en Estado en el tiempo del relato, le recrimina a él no vivir en la realidad. La respuesta de Lobo deja claro que quien estaba fuera de la realidad era ella al pretender, en su precariedad vital, vivir como la hipotética e hipotecada clase media.

Un político socialdemócrata de aquel momento, José Blanco, al analizar aquella crisis tan acerba, puso el titular del periodo de esplendor previo: «Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades». Fue una expresión que se repitió hasta la saciedad, se volvió un tópico, una frase hecha, una estupidez supina, al fin y al cabo se fomentó ese modelo desde las instituciones, los medios de comunicación, los agentes sociales y económicos, y la mayoría de los economistas afirmaron que la opulencia no podía revertir, que habíamos entrado en el mejor de los mundos y no había marcha atrás. Aquella imagen ideal que se integró en el imaginario político hasta volverse parte de una sociedad instituyente fue objeto de sátira cuando todo se vino abajo en una formidable cinta, también de 2014, dirigida por Isaki Lacuesta: Murieron por encima de sus posibilidades.



El filósofo hispano-colombiano Jesús Martín-Barbero contrapone, al reflexionar sobre el fenómeno urbano a partir de Bogotá, dos formas de mirar y dos modelos de ciudad, pues es la ciudad, al fin y al cabo, la que marca las miradas y las socializa: la ciudad mediada y la ciudad virtual. La ciudad mediada emerge a partir de la imagen que da el cine de las urbes, transforma incluso el modo de percibirse. Ya no hay una mirada opresiva de la vida urbana, por tanto de las clases sociales, sino se tiende a una cierta luminosidad. En palabras de Walter Benjamín, cita Martín-Barbero, «con el primer plano se ensancha el espacio y bajo el retardador se alarga el movimiento». Nueva York es, a todas luces, la ciudad más beneficiada de esta mirada cinematográfica. Frente a ella, la ciudad virtual, en la que las redes audiovisuales inciden de otra manera y hay una nueva diagramación de los espacios e intercambios urbanos. Hay una mayor diseminación en la ciudad. Las pantallas fragmentan nuestras vidas, hasta el punto de que estamos ante nuevos modos de estar juntos. La ciudad virtual no requiere que estemos juntos, actuamos juntos de otra manera. Las etiquetas sociales se modifican de nuevo, inciden en la manera de percibirse. Quienes hemos conocido la vida antes de esta revolución tecnológica tendemos a pensar que todo es peor. Puede que sin embargo sea un error de apreciación o de esa lógica perversa que acusa a lo que viene después de nosotros de pura decadencia.

¿En qué incide todo esto en la mediada percepción de clase media?

La crisis del 2008 precarizó aún más la vida. Aunque la etiqueta clase media se sigue empleando de una manera extendida. Esa clase media trabajadora, sin embargo, sufre el coste de la vida, aun cuando sus salarios hayan mejorado. Trabajan de un modo precario, aun cuando se reforman, nos dicen, las leyes laborales en beneficio de la mayoría. Una serie de 2024, Los años nuevos, de Rodrigo Sorogoyen, muestra la vida de los clasemedieros actuales. Ya no viven en viviendas adosadas ni en chalets, como los de hace un cuarto de siglo, sino en apartamentos que otrora fueron de clase obrera, hogaño han perdido la clasificación social; comparten piso, no con la familia feliz, sino con amigos o con gente de paso; son profesionales, pero sus trabajos apenas les permite la opulencia exhibida por la generación anterior, ya viven peor que sus padres.

Sin embargo, las encuestas indican que se mantiene esa percepción de clase media. Cosas de las representaciones, sin duda. O de esta vida descritas al detalle en la última serie citada y cuyo título, los años nuevos, es toda una declaración de intenciones del tiempo en que estamos.

jueves, 1 de enero de 2026

Lugares sombríos



Mariana Enríquez nos propone en Un lugar soleado para gente sombría doce relatos en los que el horror convive con lo cotidiano. Todo queda empapado en una atmósfera en el que la asfixia y la normalidad, sea lo que sea lo normal, se entrecruzan, se envuelven, se confunden y convierten la vida de los personajes en un lugar sombrío, abrumador. Todo ello en un ritmo escalonado. Sin duda una gran parte de los lectores de estos relatos no podrán evitar un escalofrío: se identificarán con lo descrito, con esa atmósfera que es como una bruma que desdibuja los rasgos de los objetos y de las personas, que nos impide en gran medida identificar los límites en los que nos movemos y las razones por las que vivimos. Si es que las hay.

El Talmud apunta a que el ojo humano es incapaz de contemplar la vida en toda su envergadura debido a la imposibilidad de confrontarnos a lo terrible de la existencia, la parte siniestra del ser humano y de sus acciones, el azar o el determinismo, no lo sabemos con certeza. En definitiva, nuestros ojos no pueden contemplar las desgracias que nos rodean y de las que formamos parte, ya sea en la vida en general, los distintos ámbitos en que estamos enmarcados, ya sea en nuestros pequeños ámbitos más próximos. Tal vez por ello exista la imaginación o la ensoñación. Quizá también por eso haya necesidad, quienes puedan, de rodearse de belleza, de orden, que deje fuera, en el ámbito del olvido a poder ser, el hedor de la realidad, los errores de cada cual, los remordimientos, las culpas. Dicen que el modo de organizar nuestro medio más cercano, aquello que decoramos, guardamos, ordenamos, refleja el estado de nuestro interior. Aunque puede que sea más bien una manera de no contemplar el caos y el vacío en el que nos desenvolvemos.

En este gran teatro del mundo en que vivimos, bajo un decorado opulento propio de este capitalismo tardío, nos rodeamos de objetos, edulcoramos la realidad, nos entretenemos mientras dejamos pasar la vida con esa inmediatez que nos supera. Qué parecido y qué distinto a la vez de la atmósfera que vive Andrea en ese piso de la calle Aribau de Barcelona o de los rincones sombríos que recorre y que tan bien nos describe Carmen Laforet en Nada.

Ahora, una vez más, salimos de una Navidad en la que los regalos, las comidas, los decorados urbanos, las manifestaciones de buenos deseos han cubierto nuestra cotidianidad y lo olvidaremos cuando se acabe la primera semana del año. En cuanto se inicien las rebajas, todo un símbolo de este mecanismo social. Del mismo modo que nos repetimos en la pandemia, hace cinco años, que saldríamos mejores. O que la entrada en un nuevo siglo iba a ser una oportunidad maravillosa de no recordamos muy bien qué. Qué pronto nos hemos olvidado. Qué evidente ahora que todo puede empeorar más si cabe. Al fin y al cabo, dejamos atrás este primer cuarto de siglo que nos ha ofrecido un buen abanico de horrores sociales, políticos, sanitarios, económicos. Si no tuviéramos esa capacidad de mirar hacia otra parte, de negar la realidad, desdibujarla o decorarla, nos pasaría lo mismo que al narrador de Le horla de Guy de Maupassant, que va reflejando en su diario la pérdida de la razón. Aunque en su caso, como ocurre muchas veces en este proceso de aprehensión de lo real, responde también a la incapacidad de crear un marco idóneo de comprensión de sí mismo y del medio.

Nos llenamos de objetos, igual que nos rodeamos de belleza o de orden, por la misma razón que acudimos a una imaginación desaforada, por no poder contemplar el mundo y nuestras vidas. Nadie mejor que Phil Collins para reflejarlo en una canción, No way out, y que, con una letra en apariencia sencilla, nos habla de esa eterna anochecida en el que el amanecer no es ya posible, aplicado ahora a la cotidianidad, a esa misma cotidianidad de la que nos habla Mariana Enríquez en sus relatos. No hay que acudir a los grandes decorados para percibir el horror de las pequeñas cosas, de nuestro día a día. Tampoco al escenario general. Se reflejan mutuamente, inmersos todos en uno de esos laberintos de espejos de las ferias donde nos contemplamos una y mil veces, siempre deformados nuestros reflejos.

Claro que todo esto puede ser al fin un mero sentimiento propio de la fecha en la que estamos.

sábado, 20 de diciembre de 2025

Una vida no tan simple

 


Es hermosa la imagen de las patinadoras en la película Una vida no tan simple. Las vemos avanzar por la Gran Vía bilbaína, siempre de noche, en silencio, las calles vacías, ajenas a las tribulaciones, a los sinsabores, como si la de la noche fuera en realidad otra vida distinta. Avanzan sin prisa, tienen todo el tiempo por delante. Aunque a ellas sólo les importa ese instante en que recorren juntas las calles. Son jóvenes. Su patinar refleja una libertad enorme. No parece que nada les frene. No les afectan las incertidumbres cotidianas ni parece que les aflija nada, sólo mantener su equilibrio y su agilidad.

Su actitud contrasta con la de los otros personajes de esta película.

Presentada en el festival de Málaga, en 2023, Una vida no tan simple nos cuenta la vida de unos profesionales de edad mediana que se confrontan de pronto con la realidad, con que la vida no era eso que imaginaban, con que las esperanzas se diluyen con suma facilidad y es difícil recuperar el equilibrio y la libertad que apreciamos por contraste en las patinadoras, a las que vemos en varias ocasiones, mientras Isaías, interpretado por Miki Esparbé, se hunde en el caos emocional, en su crisis de clase media.

La colleja se la da don Antonio, el constructor, nada más recibir el joven arquitecto un premio importante, al poco de iniciarse la cinta. Le dice que «ahora está arriba, pero tarde o temprano el suflé bajará». Isaías le mira con sorpresa, no sabemos si porque se cree henchido de fortuna o quizá porque no le es desconocido el vaticinio. «Todo tiene su tiempo» nos dice el Eclesiastés, «tiempo de llorar, y tiempo de reír» o, más adecuado para un arquitecto, «tiempo de esparcir piedra, y tiempo de juntar piedra». Pronto llegan los sinsabores, apenas unos pocos años después, el éxito parece haber pasado, es apenas un recuerdo, ahora son otros los que se dejan seducir por los cantos de sirena, y el futuro es pura incertidumbre.

Entre ambos, está el presente que se escapa como arena entre los dedos.

Todo se tambalea en su vida. Puede parecer que su socio Nico, interpretado por Alex García, afronta la vida con más desenvoltura, con el desenfado de un adolescente tardío. Pero intuimos que hay en él el mismo pánico ante la realidad, aunque no la aderece con esa pizca precisa de responsabilidad que todos nos atribuimos en algún momento.

La esposa de Isaías, Ainhoa (Olaya Caldero), y Sonia (Ana Polvorosa), la madre de otro niño con la que coincide el protagonista en el parque, amigo de sus hijos, deambulan por el mismo desasosiego. De este modo, Félix Viscarret, el director y guionista de la cinta, nos ofrece el retrato de esta generación contemporánea que pisa fuerte para ocupar su espacio, pero que se ahoga en un mundo extraño y, en el fondo, se siente fuera de lugar, dándose de bruces, como se dice en un momento dado, con que pensar la vida en términos de éxito o de fracaso es a todas luces un gesto egocéntrico.

Y sin duda alguna, equivocado.

A nadie se le escapa que estamos en un momento de crisis, un modelo social que ha llegado a todas luces a su hecatombe, sin que de pronto haya una alternativa comunitaria, sin que veamos mundos posibles a construir, sólo se nos ofrecen fórmulas añejas, cuando no reaccionarias que no llevan a ningún sitio. Tampoco sabemos abrir brechas entre tanta devastación. Restringimos nuestras vidas a la repetición de gestos absolutos de los que perdimos su razón de ser. Intuimos que el espectáculo se ha terminado, aunque sigamos con los mismos paradigmas y aumenten los artificios de una sociedad que ya da poco de sí. Así, tal vez la actitud correcta es la de las patinadoras, plantearse el aquí y el ahora, el vivir el instante, sin añoranzas ni esperanzas. «Te llamas porvenir / porque no vienes nunca» escribió no sin acierto Ángel González. Es el presente al fin el campo de batalla, lo que hemos de aprehender con fuerza, lo que nos brinda la victoria día a día, por nimia que ésta sea, frente a ese mundo imaginario que nos ofrece este capitalismo tardío y decadente, un sinsentido.

Eres lo que tienes, aun cuando los objetos carezcan ya de valor, sólo tienen precio, y suele ser alto, aunque no sea real.

De este modo, el proceso de Isaías se nos presenta como una reflexión sobre la vida misma. Cierto, desconocemos su contexto, de donde viene, cuál es su historia de vida. Tal vez carezca de importancia, el proceso es el mismo, cualquiera que sea la clase a la que uno pertenezca. Hablamos de la posesión de la vida propia como labor y meta fundamentales frente a las candilejas de esta decadente sociedad del espectáculo que sólo ofrece ruido. Y vacío. Sólo así el silencio es la victoria: abre infinitas posibilidades.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Argentina, 1985

 

Fue apenas una anécdota. Pero no pasó desapercibida. Jorge Luis Borges, que hasta ese día, un invernal lunes de julio en Argentina, nunca había presenciado un proceso judicial, acudió a la sesión correspondiente del Juicio a las Juntas. Contaría luego su intención de no volver a asistir a ninguna más, que bastante tuvo con lo escuchado en ella, afirmó incluso que desearía olvidarlo por completo. Apenas visible entre el público, aunque era imposible que el gran escritor pasara desapercibido, su rostro era de sobras conocido, en Argentina y en todo el mundo, escuchó la declaración de un testigo, Víctor Melchor Basterra, que fue detenido y torturado en la Escuela de Mecánica de la Armada.

Cuentan las crónicas de la época que el obrero gráfico habló de un modo un tanto impasible y desapasionado, aunque fue la declaración más larga de todo el proceso. Quizá era una forma de distanciarse con lo que le había ocurrido, con aquel horror que sufrió él a la par que miles de personas entre 1976 y 1983, siete años de dictadura militar, de guerra contra la insurgencia, dijeron, el Proceso de Reorganización Nacional lo llamaron. Puro terrorismo de Estado, con miles de detenidos torturados, sin garantías procesales, sin salvaguarda de sus derechos mínimos, con cientos de desaparecidos, asesinados, con parte de la población aterrorizada mientras que otra jaleaba a las juntas militares, defensa del orden, dijeron, y una gran mayoría guardaba silencio, atemorizada, o miraba hacia otro lado, como si todo aquello no fuera con ella.

Jorge Luis Borges escuchó la descripción de la tortura contada con parsimonia. Sin duda, sintió asco, impresionado porque todo aquello hubiera podido pasar en su país, en su ciudad, a la vuelta de la esquina, en cualquiera de los rincones de Argentina.

El juicio a las Juntas se celebró en 1985, dos años después del final de la dictadura, bajo la presidencia de Raúl Ricardo Alfonsín. Fue el proceso judicial más importante de Argentina en toda su historia y se comparó incluso con los Juicios de Nuremberg, con la diferencia de que no era la comunidad internacional quien lo promovió, sino las propias instituciones democráticas del país, no sin problemas, no sin amenazas, con la posibilidad de que el ejército, cuestionado, reaccionara ante lo que muchos de sus mandos calificaron de ignominia, al fin y al cabo consideraban su Proceso de Reorganización Nacional un acto de salvamiento nacional.

En 2022 el director de cine Santiago Mitre presentó en el Festival de Venecia la película Argentina, 1985, en la que se cuenta el proceso desde la gesta de Julio César Strassera, el fiscal del juicio, interpretado por Ricardo Darín. La cinta describe las muchas dudas habidas acerca de la viabilidad del proceso, la tensión con que el equipo del Fiscal llevó a cabo su labor de recopilar las pruebas, las amenazas que recibieron todos ellos, la superación de las trabas que hubo. No está exenta la cinta de ciertos momentos emotivos, épicos, tal vez tópicos, aunque muestra a todas luces esa catarsis colectiva que hubo en torno al juicio.

En la película no se cuenta la presencia de Jorge Luis Borges durante el proceso, como tampoco se habla de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, presidida por otro escritor, Ernesto Sábato, aunque sí se alude al título del informe, que se empleó como lema: Nunca Más. Por otro lado, la cinta no elude un tema polémico, un tanto ingrato, aunque pasa por ello con cierta sinuosidad: el silencio social ante la dictadura, pero sobre todo ante la flagrante vulneración de los derechos humanos. Vemos en la película como Strassera se altera cuando un interlocutor menciona esa actitud hasta cierto punto cómplice, la de quienes apoyaron la dictadura, las familias patricias porque vieron peligrar sus privilegios, una parte de la clase media porque quería orden, la de una mayoría que simplemente no hicieron nada, salvo que tuvieran entre los detenidos o los desaparecidos a personas cercanas. El propio fiscal, pieza clave del sistema judicial, se siente aludido por el comentario, casi un reproche. Su desagrado por las palabras de su interlocutor evidencia no poca culpabilidad por su silencio.

El propio Borges, afectado por lo escuchado en el juicio de 1985, tampoco dijo nada durante los años de dictadura. Incluso, en 1976, recibía en el Chile de Pinochet un doctorado honoris causa.



Claro que no podemos olvidar que, en plena dictadura, mientras se torturaba y se asesinaba de manera impune, se celebraba en Argentina, el año 1978, un Mundial de Fútbol en el que participaban varios países de Europa Occidental, una España en proceso de democratización entre ellos, y dos países del Bloque del Este, entre otros. Se aplicó sin duda el criterio que hoy se vuelve a emplear con relación a Israel de no juntar deporte y política, si es que podemos considerar la vulneración del derecho a la integridad física y a la vida cuestión política.

Pero tampoco fue una característica única de Argentina. Ahí está la Alemania nazi donde también el silencio fue un clamor, roto por algunos sectores cada vez más minoritarios. En la Francia ocupada hubo incluso un nombre, les collabos o collaborationnistes, que cumplieron con la orden del Mariscal Pétain dada el 30 de octubre de 1940 de colaborar con el nazismo, por no hablar de la pasividad del PCF durante la aplicación del Pacto Ribbentrop-Mólotov, roto cuando Alemania atacó a la URSS. Lo podemos extender a cualquier otra dictadura que en el mundo haya habido, España incluida.

Consta sin embargo en el haber de Argentina que dos años después de acabada la dictadura se celebrase un juicio contra los máximos responsables de la misma. No cabe duda de que muchos torturadores y colaboradores necesarios de aquella necropolítica quedaron impunes, pero es mucho más que lo habido en España, sin ir más lejos, donde se aplicó un pacto de silencio durante la transición. Consenso lo llamaron.

viernes, 28 de noviembre de 2025

Las Moiras en las Ramblas

 


A pesar de su rostro serio e impasible, a veces da la impresión de que las Moiras tejen el destino de los seres humanos no sin socarronería. Consiguen en no pocas ocasiones que los actos coincidan de un modo tal que tienden a interpretaciones cuando menos grotescas. Pero quizá todo sea mera burla, una chirigota que busca desconcertar, quien sabe si confundir. O en última instancia confrontarnos con lo absurdo de la realidad.

O tal vez lo que procuran las tres Moiras es que, al tejer y mostrar las costuras, cuestionemos las certezas y seguridades construidas a golpe de clichés con que mantener el desorden del mundo. Que al final comprobemos, como dejó claro Lampedusa al establecer la regla de oro del quehacer político, que todo cambió para que nada cambiase en realidad, y así lo esencial perdurase.

Este año, a pocas semanas ya de su final, conmemoramos el quincuagésimo aniversario de la muerte del dictador Franco y estaba previsto que dicha fecha fuera objeto de rememoración, análisis y reflexión. Salieron libros, documentales, series y ficciones que nos exponían los hechos asumidos oficialmente como el proceso inevitable con que se fijaron las bases de la actual democracia. Otra vez se nos iba a mostrar, después de unos años de cuestionamiento del discurso complaciente, la elogiada transición como acto supremo de superación de confrontaciones seculares, como ejemplo y prototipo para la restauración y el avance. De la ley a la ley, tal como indica la fórmula que se empleó en su momento para reforzar aquel modelo de reconciliación.

Sin embargo, los cincuenta años han llegado en un ambiente caldeado que lo llena todo, hasta el punto de que nos asomamos a la fecha redonda no sin la sensación de asomarnos en realidad a un abismo. Pero además el caprichoso destino ha querido que la conmemoración del final de la dictadura coincida con el inicio del juicio al clan de los Pujol y con nuevos casos de corrupción que afectan esta vez al principal partido gobernante.

Lo de la corrupción parece ya a estas alturas fatalidad y sino de un país y de unos tiempos que se mantienen a golpe de talonario, comisiones y negocios realizados en reservados discretos y opacos, aunque en realidad, muchas veces, a sabiendas del público general. No todos son iguales, sin duda, pero todos tienen al mismo tiempo mucho que guardar discretamente.

Pero lo de Jordi Pujol posee otra enjundia. Porque fue una de las figuras claves de aquella transición modélica, el hombre que ganó las elecciones del 20 de marzo de 1980, las primeras elecciones a la Generalitat tras la dictadura, uno de los constructores de la nueva España, nacionalista —catalanista más bien— no independentista, próximo al moderno empresariado catalán, uno de los suyos además, hijo de la parte de España más europea, más avanzada, más culta, con una cultura política propia, con una capital activa y bohemia.

Venció con una coalición, CiU, formada por CDC, el partido que él mismo contribuyó a crear, y UDC, un partido democristiano creado en 1931, partido histórico del catalanismo político, junto a ERC. Nada tenía que ver con la derecha española mayoritariamente vinculada al franquismo, la de los tecnócratas reconvertidos en demócratas de toda la vida, y gustaba de la compañía del PNV, otra organización histórica, socialcristiana, sería y durante lustros enfrentados a una situación de enorme tensión en la Comunidad Autónoma Vasca y en Navarra, así que ninguno de los dirigentes jelkides le podía hacer sombra a la nueva estrella de la gestión pública, al hombre de Estado, aunque su nación no tuviera uno, pero que supo convertir el español en su campo político, con su seny particular para dialogar, negociar y pactar para mayor gloria de la prosperidad común.

No obstante, Robert Louis Stevenson nos mostró en El extraño caso del Dr. Jekill y M. Hyde la dualidad de la naturaleza de cada uno de nosotros: somos en realidad, con mayor o menor intensidad, seres divididos y puede que contradictorios.

El que fuera durante años, de 1980 a 2003 nada menos, President de la Generalitat y llevara el título de Molt Honorable está siendo juzgado por ocultación patrimonial, pero además pesan sobre él numerosos casos de corrupción, un sistema de corruptelas y comisiones varias, de clientelismo que convirtió la institución en una ventanilla única en el que fructificaron operaciones varias para provecho de su propia familia y asociados. El hombre que facilitaba la gobernanza del Estado, que pasaba por ser un político astuto, esa astucia considerada una virtud en la Grecia clásica, la característica principal de Ulises, era al mismo tiempo el feliz padre de familia que favorecía la hacienda propia y la nación, tal vez sin saber colocar la línea que dividiesen los intereses de país de los propios.



Como estamos constantemente reescribiendo la historia, resulta que toda esa acción del Clan de los Pujol era sabida por todos. O al menos por quienes se ocupaban de la cosa pública y aledaños. Hubo incluso, parece ser, quien advirtió al Pater familiae de que tuviera cuidado con algunos de los hijos, que habían crecido y les costaba guardar las formas. Rumores en todo caso. Y según los afines simples ataques a la nación. En todo caso, los elogios predominaban en la época. Hubo que esperar a su caída en desgracia para comenzar a verlo de otra manera.

Hay una anécdota de esas que pasan por ser esclarecedoras: en 1988, al salir en su coche oficial de un acto público en Santa Coloma de Gramenet, se topó con una protesta vecinal. Algunos de los presentes lanzaron piedras contra los coches del Presidente y de sus escoltas. Los vehículos se pararon y las cámaras grabaron como el dirigente catalán afeaba la actitud del manifestante que había lanzado la piedra contra su vehículo y le lanzaba una filípica a la que el pobre hombre atendía con cara compungida y signos evidentes de arrepentimiento ante aquel padre de la nación que no presentó denuncia, que pedía respeto a su cargo y civilidad. Se elogió el gesto como la prueba del talante del político en cuestión. En 2016, Jordi Pujol volvió a Santa Coloma de Gramenet, esta vez sin su cargo público y con el reconocimiento de cierta ocultación patrimonial en paraísos fiscales, uno más de los tejemanejes que iban saliendo a la luz. Esta vez fue él quien recibió de un ciudadano una filípica, sin que pudiera replicar nada, en silencio, quien sabe si arrepentido.

Ahora le vemos asistir al juicio contra él y sus siete hijos, por medio de videoconferencia debido a problemas de salud y contemplamos su rostro, la de un anciano débil que parece no comprender lo que le está sucediendo.

Lo que pasó después de su mandato en la historia local es de todos conocidos. Por lo demás, cincuenta años después de la muerte del dictador muchas glorias de antaño se han diluido forzosamente en los ácidos de la realidad. La transición española ha perdido mucho encanto ejemplificante. La corrupción es lo cotidiano, desde hace tiempo, además. Tampoco la Cataluña post-Pujol es lo que era antes de su gobierno. Una nueva voz parece recoger la antorcha del pujolismo y del proceso que le siguió, la voz de una mujer que clama contra lo extraño a la nación milenaria y que alardea de no haber salido del país y casi de su comarca.

viernes, 14 de noviembre de 2025

Decadencia

 


La muerte del patriarca de la familia, Everett Lighthouse, y su reparto estrafalario de la herencia provocan una convulsión tremenda. El antiguo miembro del servicio colonial británico que sirvió en Tanganica era a todas luces consciente en el momento de su muerte, a pesar de la senilidad y sus efectos, de los secretos y la sordidez del grupo familiar, formado por su esposa ya fallecida, los cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres, sus esposas y esposos respectivos, sus nietas y la antigua sirvienta, Asha, africana, que acompaña a la familia, junto a su hija Amina, a la metrópoli cuando la colonia inicia su proceso de independencia. Ambas son al fin y al cabo parte de la familia, se les dice con una constancia que tiene mucho de retintín, de frase hecha sin ya contenido.

Todos ellos asisten a su vez a lo que también conocen de sobra, a una decadencia familiar con sus secretos que van saliendo a la luz, sus miserias y vicios no tan ocultos, su excentricidad, sus reproches constantes devenidos en rencores más que evidentes. Todo ello nos lo describe la escritora Berna González Harbour en su novela Qué fue de los Lighthouse, una novela de personajes fuertes, bien definidos, un relato intenso de relaciones familiares, pero también una historia inmersa en un contexto social, el de un país, Gran Bretaña, que vive de forma paralela a la de esta familia su propia decadencia tremenda.

Porque tan presente como la hecatombe doméstica intuida por el eminente científico fallecido lo está también, bien palpable en todo el texto, la crisis de un país que se halla durante el tiempo de la historia en pleno debate sobre su pertenencia o no a la Unión Europea, a punto de celebrarse un referéndum sobre el tema, un proceso que ha pasado a la historia como el Brexit y que en gran medida es el reflejo también de un estado calamitoso del país. Todo se viene abajo, el sistema hospitalario, los transportes públicos, el bienestar de la población que se ha empobrecido a pasos agigantados, la convivencia entre las comunidades que residen en las Islas.

De este modo, la decadencia británica es también parte de la trama de la novela. El país que fue el gran imperio colonial, cuya misión era civilizar el mundo, aportar a tantos rincones del planeta el racionalismo, la ciencia, la imposición en definitiva de un modelo de vida superior, el que representaban las clases altas británicas, tan refinadas ellas, con la longeva reina a su cabeza, muestra ahora su fachada más indecorosa, su peor rostro, una crisis social que no es de este momento ni de hace unos pocos años, cuando ocurren los hechos del libro, sino que se inicia antes, en los tiempos tal vez del gobierno Thatcher, cuando tanto se habló del imperio, ya con una cierta nostalgia que reflejaba, que refleja, que aquel momento ya pasó y se busca vivir de rentas para no tener que ver la realidad tan decadente de hogaño.

Sin duda podemos pensar que siempre que se recurre al pasado glorioso, en Gran Bretaña o en cualquier otro país, a la épica de los buenos tiempos, cuando éramos los mejores, cuando nos admiraban en el mundo entero, cuando marcábamos las diferencias evidentes y éramos el ejemplo, el faro y la guía de la gobernanza y la cultura, cuando se reafirma ese discurso del hecho diferencial y se pretende afianzar que toda esa gloria se mantiene es porque el presente, al fin, deja mucho que desear.



Ocurre también cuando se habla del jardín europeo, faro civilizatorio todo el continente, o de la grandiosidad, la grandeur, de cualquiera de sus partes, todas ellas con el tema recurrente de lo que fueron, de lo que pretenden todavía ser. Pero la verdad es que ese discurso épico de las viejas glorias y de los hechos diferenciales da pábulos a opciones políticas sin más contenido ni base que esa nostalgia de lo que fueron, sin atrever a mirar sus realidades actuales, cada una la suya, ni siquiera discernir lo que son tales sociedades hoy.  Podemos aplicarlo a Europa, a Francia, a España, donde volvemos a escuchar las evocaciones del pasado por unas organizaciones que no saben siquiera cómo funciona un Estado moderno, a Cataluña, donde hoy recoge la antorcha del hecho diferencial y la cultura política diferente, la herencia del procès, un partido xenófobo sin más contenido que mantener el discurso del nosotros y el ellos, la épica de una reconquista sin más palabrería que el mero simplismo.

Es aplicable el discurso a otros lugares, la Rusia que vive también de viejas glorias, al actual Imperio de imperios, unos Estados Unidos que pavonean de un modo burdo su grandeza con aires de actor histriónico.

Claro que ese pasado glorioso no lo era tanto en realidad, en ninguno de los casos, sólo hay un cierto barniz que le aporta el paso del tiempo. Porque en el fondo los tiempos excelsos ocultan no pocos claroscuros, lo vemos en la propia novela de Berna González Harbour, donde hubo que destruir tantos documentos que escondían una gestión espeluznante, despiadada y violenta, basada en la ocultación y la fuerza, pero lo podemos también llamar en otros casos corrupción, colaboración, clanes políticos que tras las palabras ampulosas escondían a veces la mayor cutrez posible.

Nadie está a salvo de esta realidad que pretende esconder bajo la alfombra la más absoluta depravación. La Historia es también la historia de las miserias ocultas.

sábado, 25 de octubre de 2025

Máscaras

 


A estas alturas del conflicto, a nadie se le escapa las motivaciones económicas de la actual contienda en Gaza. No es nada nuevo: toda guerra ha tenido, tiene y seguirá teniendo unas razones económicas. El dominio de nuevos territorios, la voluntad de ampliar los mercados, las perspectivas de nuevas inversiones millonarias, habrá que reconstruir lo destrozado, o, como es el caso, un pelotazo inmobiliario en toda regla, revelado hace tiempo por Trump y reconocido hace un mes por el ministro israelí de Finanzas, Bezalel Smotrich, son todas ellas las razones esenciales de los conflictos bélicos, la génesis de la guerra, tanto las actuales como las del pasado.

Luego están las palabras que se enzarzan alrededor del horror con las que se construyen los discursos identitarios o la defensa de los valores o la lucha contra el mal, sea en forma de tiranía —la tiranía son siempre los otros— o de terrorismo —los terroristas son siempre los otros—, formas de legitimar lo que no es más que una forma de crimen organizado. «¿Qué es la historia sino imaginación racionalizada?», se pregunta en un momento dado el protagonista de Una máscara del color del cielo, del escritor palestino Basim Khandaqji, publicada por la editorial Hoja de Lata, lo que es aplicable a la literatura, pero también a la Historia. Contar algo, sea un hecho imaginado, sea algo real, supone darle verosimilitud, que la ficción parezca coherente y veraz, que los hechos de verdad estén debidamente justificados y los crímenes debidamente legitimados, con otro nombre, por supuesto.

Los beneficios económicos del futuro ayudarán a sobrellevar las heridas.

En todo caso, existen las identidades, cierto. Valores, costumbres, creencias, mitos, referencias culturales, idiomas, acentos van conformando el nosotros y el ellos. A menudo, por no decir siempre, se mezclan las identidades, no siempre de un modo pacífico, es verdad, pero a menudo de un modo inconsciente, sin darnos cuenta. Siempre ha sido así, aunque ahora estos procesos son más rápidos, el mundo parece haberse empequeñecido.



Las identidades colectivas se reflejan en cada individuo, se entremezclan con las apariencias. Basim Khandaqji nos habla de la apariencia de su personaje que no se ajusta a las convenciones, se vuelve una máscara y tras toda máscara hay la posibilidad de ocultarnos. Al protagonista de la novela, Nur al-Shahdi, joven palestino residente en un campo de refugiados, arqueólogo y escritor en pleno proceso creativo, la máscara le permite convertirse en Or Saphira, israelí, arqueólogo y guía turístico, y de este modo acudir a una excavación cuyo objeto le ayuda a obtener datos para su novela en ciernes. Es consciente de su condición de palestino en un territorio ocupado, su propio padre ha sufrido las consecuencias del conflicto y su amigo Murad se encuentra en una prisión israelí. Pero es una oportunidad. Sólo que la máscara se infiltra en su propia identidad.

No en vano las dos identidades, la real y la fingida, se lanzarán a un debate interior que no puede ser ajeno al medio. No hay equidistancia, mucho menos neutralidad en el personaje desdoblado, pero se extiende todo un mapa de argumentaciones y contrargumentaciones que complican la comprensión de la realidad y la interpretación de los hechos a través de las palabras. Y las palabras, no se olvide, son también campo de batalla. O tal vez sean al fin las balas empleadas por las identidades, identidades asesinas las calificó Amin Maalouf.

Porque los debates que rodean las hostilidades parecen en algunos momentos también atrincherados en maximalismos identitarios. Es verdad que parte de la legítima resistencia de un pueblo a defender su existencia se ha transformado, como se afirma en la novela, en violencia terrorista, pero también lo es la respuesta dada, una reacción que busca aterrorizar a una población durante lustros restringida a espacios cerrados. En este sentido, interesante resulta la mención a la diferencia entre un campamento de refugiados palestino y un gueto judío, y la lectura distinta de dos instituciones en las que los adjetivos tal vez sean lo de menos, porque reflejan ambas el horror de la historia humana. Mientras, los individuos que conforman cada uno de los bandos son incapaces de salir de su discurso y de sus palabras, sólo el protagonista se asoma al abismo de ver el conflicto desde los dos lados, aunque tenga claro a cuál de ellos pertenece.

Una máscara del color del cielo obtuvo en 2024 el Premio Internacional de Novela Árabe. La escribió Bassim Khandaqji en la prisión de Gilboa, condenado a cadena perpetua por su militancia en la resistencia de izquierda. Un dato estremecedor, a todas luces, tan estremecedor si cabe como ese proyecto turístico que parece estar detrás de la actual ofensiva.